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11 feb 2015

искупление времени - Вступительное слово

Una ciudad devastada y destruida por una guerra que nunca paso, un parque solitario, frío, gris y deprimente, cubierto por un manto de nubarrones. En él, dos hombres, echados en suelo enmudecidos y aterrados, viendo como el tercer muchacho de su grupo era destrozado por una gigantesca criatura, obscura, maligna, había atravesado su pecho con lo que parecía ser una garra, y con la otra penetro una vez más la herida y extendió los brazos, partiendo al joven a la mitad.

Los testigos del evento, aun perplejos, se levantaron tan rápido como pudieron y se echaron a correr, entraron a un pequeño edificio, un colegio. La incomodidad que les procuraban los solitarios y silenciosos pasillos añadía más peso a su ya fastidioso equipaje, se vieron tentados a soltar sus mochilas para correr más rápido, pero sus valiosas cargarlas servirían muchísimo en caso de que escaparan de la entidad maligna que les perseguía casi pisándole los talones.

Una puerta de metal apareció en un extremo de uno de los tantos pasillos que ya habían recorrido en búsqueda de una salida. Algo en sus mentes concordó en que tras esa puerta estarían seguros, y siguiendo una muda orden corrieron hacia ella. Entraron en una lúgubre habitación que en su tiempo fue un cuarto de máquinas, ninguna salida visible más allá de una ventana a ras de techo por la cual no cabría nadie a menos de que pudieran transformarse en ratas.

La entidad maligna golpeaba la puerta con fuerza, uno de los sujetos usaba su cuerpo para contener la puerta en un desesperado intento de retenerla hasta que se fuera o hasta que encontrara una manera de salir, lo que pasara primero. El segundo muchacho, más joven que el anterior, soltaba lágrimas de desesperación, temía ver a la cara a su amigo pues no quería conferirle parte de su miedo y angustia, veía la ventana con desprecio, él sabía que no podían salir de ahí.

Intercambiaron miradas y de forma casi telepática se despidieron el uno del otro, pues sabían que no soportarían mucho hasta que el misterioso atacante tirara la puerta y les propiciara un final no mejor que el de su tercer amigo.

El más joven de los dos últimos sobrevivientes, seco sus lágrimas, respiro profundo y observando a su amigo en la puerta, tomo el arma de su bolsillo y apuntando a su propia cabeza escupió sus últimas palabras — Lo siento —. Acto seguido jalo el gatillo y se desplomo al suelo cual costal de harina.

El ultimo del grupo, impactado una vez más, pensó por un momento acompañar a su amigo al infierno, pues prefería morir en ese momento que ser asesinado por la repulsiva e indescriptible criatura que golpeaba cada vez más la puerta tras de él. Tomo su arma, desplego el cargador para contar sus balas Su respiración se hiso pesada, estaba hiperventilando y con un nudo en la garganta contemplo a  su amigo en el suelo sobre un charco de su propia sangre.