Una ciudad devastada y destruida por
una guerra que nunca paso, un parque solitario, frío, gris y deprimente, cubierto
por un manto de nubarrones. En él, dos hombres, echados en suelo enmudecidos y
aterrados, viendo como el tercer muchacho de su grupo era destrozado por una
gigantesca criatura, obscura, maligna, había atravesado su pecho con lo que
parecía ser una garra, y con la otra penetro una vez más la herida y extendió
los brazos, partiendo al joven a la mitad.
Los testigos del evento, aun perplejos,
se levantaron tan rápido como pudieron y se echaron a correr, entraron a un
pequeño edificio, un colegio. La incomodidad que les procuraban los solitarios
y silenciosos pasillos añadía más peso a su ya fastidioso equipaje, se vieron
tentados a soltar sus mochilas para correr más rápido, pero sus valiosas
cargarlas servirían muchísimo en caso de que escaparan de la entidad maligna
que les perseguía casi pisándole los talones.
Una puerta de metal apareció en un
extremo de uno de los tantos pasillos que ya habían recorrido en búsqueda de
una salida. Algo en sus mentes concordó en que tras esa puerta estarían
seguros, y siguiendo una muda orden corrieron hacia ella. Entraron en una
lúgubre habitación que en su tiempo fue un cuarto de máquinas, ninguna salida
visible más allá de una ventana a ras de techo por la cual no cabría nadie a
menos de que pudieran transformarse en ratas.
La entidad maligna golpeaba la puerta
con fuerza, uno de los sujetos usaba su cuerpo para contener la puerta en un
desesperado intento de retenerla hasta que se fuera o hasta que encontrara una
manera de salir, lo que pasara primero. El segundo muchacho, más joven que el
anterior, soltaba lágrimas de desesperación, temía ver a la cara a su amigo
pues no quería conferirle parte de su miedo y angustia, veía la ventana con
desprecio, él sabía que no podían salir de ahí.
Intercambiaron miradas y de forma casi
telepática se despidieron el uno del otro, pues sabían que no soportarían mucho
hasta que el misterioso atacante tirara la puerta y les propiciara un final no
mejor que el de su tercer amigo.
El más joven de los dos últimos
sobrevivientes, seco sus lágrimas, respiro profundo y observando a su amigo en
la puerta, tomo el arma de su bolsillo y apuntando a su propia cabeza escupió
sus últimas palabras — Lo siento —.
Acto seguido jalo el gatillo y se desplomo al suelo cual costal de harina.
El
ultimo del grupo, impactado una vez más, pensó por un momento acompañar a su
amigo al infierno, pues prefería morir en ese momento que ser asesinado por la
repulsiva e indescriptible criatura que golpeaba cada vez más la puerta tras de
él. Tomo su arma, desplego el cargador para contar sus balas Su respiración se
hiso pesada, estaba hiperventilando y con un nudo en la garganta contemplo a su amigo en el suelo sobre un charco de su
propia sangre.