“Recuerdo que hace muchísimos años, al atravesar las fronteras. Por montaña, mar o tierra. Podías ver a lo lejos, rodeado de anillos de edificios y estructuras, un alto e imponente castillo.
Para entrar a la ciudad debías atravesar un enorme muro que protegía las granjas, caminos de piedra pulida rodeados de los frutos y vegetales más grandes que había visto nunca. Un par de minutos después, llegaras a un muro más pequeño, que protegía la zona residencial, una densa ciudadela plagada de civiles, mercaderes, peregrinos, extranjeros, todo el mundo parecía estar allí. Restaurantes, tabernas, hostales, había de todo. Este era mi distrito favorito, un enorme anillo con la gente más agradable que pude conocer.
Más al centro estaba los grandes mercados, las tiendas más importantes, los mejores bares, las plazas más hermosas, el distrito financiero era enorme, precioso, elegante, hasta el suelo parecía brillar. Nunca pase de ese anillo. Lo más lejos que llegue fue ver una las enormes y ornamentadas plazas que rodeaban el castillo. Más allá se podían ver los jardines privados, pero el castillo. Era tan grande que a pesar de la distancia, tenía que levantar la mirada cuanto mi cuello me lo permitía para ver la punta más alta. Parecía ser el centro del mundo, o al menos del continente.
De todos los reinos en los que estuve, de todos los castillos que había visto. Este era el único que me transmitía grandeza, riqueza, prosperidad.
Una pena que nadie recuerde su nombre, ni el de sus Reyes, ni el de sus héroes, todos lo recuerdan como una gloriosa tragedia que nadie podía evitar. Un terreno maldito al que nadie debería acercarse, son pocos quienes lo hacen, y muchos menos los que vuelven.
Me gustaría volverlo a ver en sus días de gloria.”
EL DESEO DE LA PRINCESA
— ¡Buenas noches a todos! — Exclamo el Rey, alzando su ornamentada copa cuan largo era su brazo —. ¡Por otro año próspero y lleno de abundancia en nuestras amadas tierras, nuestro reino. Buen apetito, disfruten del banquete! — El robusto y a simple vista afable Rey, tomo su asiento en la cabecera de la enorme mesa que recorría casi todo el salón central del castillo.
El reino entero celebraba cada fin de año una gran cena, pagada en su mayor parte por el Rey y la Reina, en agradecimiento por hacer de ese año, uno exitoso y fructífero para cada uno de los distritos en los cuales se dividían las tierras.
-Se creía que, hace cientos de años, los dioses bendijeron las tierras sobre las cuales yacía el reino, una planicie que en su norte era abrazado por montañas, al sur llanos casi interminables, al este el inmenso mar que daba fin a las montañas que recorrían el norte. Y al oeste una zona boscosa con los arboles más altos. En su centro se alzaba el corazón de todo, el castillo de Is´sac, llamado así por el apellido del primer hombre en liderar a los colonos que habitaron y reclamaron la región, quien, años después, se convertiría en su primer Rey, Construyendo una suerte de templo a modo de refugio e iglesia, que con el pasar del tiempo se fue expandiendo y levantando sobre sí mismo hasta ser el castillo que todos admirarían. Pero, ¿Por qué se tenía la idea de que las tierras estaban benditas?, pues porque en ellas nacían las plantas más hermosas que nadie había visto. Los frutos más dulces y los vegetales más jugosos eran cosechados allí. El ganado crecía enorme y sano. Un rio cristalino atravesaba el valle desde las montañas del norte hasta el mar del este y se perdía en el horizonte del sur, el cual, estaba minado del oro más precioso de aquel viejo continente.-
El Rey, siempre tan sonriente y amable -Cabello y barba café con destellos canos, robusto, de gran estatura- encabezando el festín, se regocijaba con las charlas e historias de todos aquellos en las 3 mesas que recorrían el salón. A su derecha, La sabia y elegante Reina, quien le ayudaba a gobernar con justicia –delgada, se conservaba joven a pesar de su edad contemporánea a la del Rey, de larga y rojiza cabellera- siempre tranquila, con un carácter casi inalterable. Y, a su mano izquierda, la joven princesa –cabello castaño hasta los hombros, rasgos finos en su rostro, nariz delicada y grandes ojos-. No era ni de lejos la chica más hermosa del reino, ni la más inteligente, mucho menos la más divertida o amigable, pero todos sentían un gran respeto y admiración al verla. Desprendía una luz propia que pocos habían visto. Sus amistades eran muchas, y aun así, casi nadie llegaba a comprenderle.
Aunque reía con los chistes, se asombraba con las hazañas y respondía a los momentos que se presentaban en aquella gran celebración. Se sentía ajena al lugar, al entorno, a la situación.
¿La princesa prefería estar en un ambiente distinto? ¿Querría estar en una de las cabañas alejadas del castillo de la zona agrícola? ¿O quizá en una taberna bailando y bebiendo con sus amigos en las zonas residenciales? Tal vez en una de las plazas, viendo conciertos y bailes clásicos por los artistas del reino. No. Ella no quería nada de eso. Ella habría preferido obviar ese día, la celebración, Banquetes, fiestas, música, todo. No podía concebir el hecho de todos en el reino estuvieran celebrando un año más de conflictos.
El reino, por ser el más próspero del continente, estaba bajo amenazas de los 3 reinos que le rodeaban. Reinos que, desde una ciega envidia, querían hacerse con sus tierras, sus bendiciones, sus maravillas. Los últimos 2 años, el Reino de Is´sac había sido víctima de ataques sorpresas, batallas en las fronteras, intentos de conquistas. Atentados que la Princesa no podía ignorar. La hacían sentir mal, vulnerable, desprotegida, aterrada. En cualquier momento podría perder a su padre y madre, amigos, conocidos. Eran Pensamientos que le hacían un nudo en la garganta y un vacío en el estómago. Le perseguían en sus sueños y a cada minuto durante el día.
El sabio Rey sabía lo que pasaba con su hija, lo notaba, su madre igual. Pero por más que le pedían que mantuviese la compostura en fallidos intentos por transmitir jovialidad y paz, ella no podía evitar derramar lágrimas al recordar las visiones que le atormentaban por las noches. El Rey sentía que su pueblo yacía sobre sus hombros. Debía mantenerse alegre y optimista frente a todos, transmitir ese sentimiento, ese estado de ánimo, ser el quien les demostrara que todo está bien, que están a salvo, que nada podría pasarle a su reino, o al menos el así lo creía. La Reina por su lado sabía mantener sus emociones a raya. Su rostro, su expresión de tranquilidad con aquella delicada sonrisa era inmutable.
Al gran banquete del castillo asistían las figuras más importantes del reino, banqueros, nobles, terratenientes, ciudadanos destacados y personal des castillo. El ambiente de alegría era acompañado por las frías brisas del norte que se colaban por los enormes ventanales al costado del castillo, hasta los guardias reales, en sus lugares de vigilancia, charlaban y bebían licor. Era un día especial, y todos debían celebrarlo.
Mientras todos degustaban del platillo principal, el Rey se percató de que las puertas principales fueron abiertas, dando paso a un individuo que a simple vista no reconoció, Túnica de cuero y bien abrigado con gorro y guantes. Los guardias le dejaron entrar sin problema, no habría de que preocuparse entonces. Al aproximarse, el Rey desdibujo su enorme sonrisa y con una mirada directa al individuo misterioso le acompaño una frase breve que la Reina entendió a la perfección —. Ya vuelvo, debo atender un asunto. —El Rey se levando de su lugar y camino hacia las cocinas. La princesa intuía de lo que se trataba la llegada de aquel hombre. Le había visto hablar con su padre en varias ocasiones, desaparecer por días para volver y charlar durante horas.
Desafiando la autoritaria mirada de su madre. La princesa se levantó de su asiento y siguió de lejos a su padre. Se coló a la cocina por una de las entradas alternas y de lejos pudo escuchar la conversación que mantenía este con el hombre de la túnica de cuero.
—… Cuestión de días para recibir algún tipo de respuesta. — Decía preocupado el hombre con voz ronca al Rey —. Repetí sus palabras una y otra vez pero sus gritos me enmudecían. No quieren hablar.
— ¿Y que gritaba el animal? —Pregunto el Rey con algo de ira en sus palabras.
—Decía cosas como “no queremos comerciar” “no queremos tratados”. Le explique qué entendíamos su situación pero. No parecía querer aceptar ningún tipo de oferta.
— ¡¿Y QUE DEMONIOS QUIEREN ESOS CERDOS?! —Grito el Rey acompañado del quebrar de la cerámica en el suelo. Suspiro profundamente y tras unos mudos segundos añadió —. ¿Cuándo puedes viajar de nuevo?
— Podría ir enseguida señor, solo… déjeme tomar un baño en casa, ver a mi mujer e hija y me pondré en camino.
— No… escúchame. Si es necesario ir a una guerra, iremos a una guerra. No hay nadie que merezca más estas tierras que nosotros, es nuestro hogar, trabajamos todas nuestras vidas porque así fuera. No cederemos a las amenazas ni a la envidiosa ambición de muertos de hambre… Ve a casa, disfruta de esta noche, y vuelve en dos días. Te daré todo lo necesario para que lleves un nuevo mensaje. — El hombre estrecho la mano del Rey con fuerza y se marchó. El ruido de la muchedumbre en el salón principal era enmudecido por las gruesas paredes del castillo, apenas y se podían escuchar en la cocina, el Rey contemplaba el suelo con preocupación.
— ¿Es eso lo que quieres, una guerra? —Pregunto la princesa dejando su escondite.
— ¿Qué tanto escuchaste? —. Le replico el Rey asustado, le había tomado por sorpresa la presencia de su hija.
— Lo suficiente… No quiero una guerra, sé que tú tampoco. Debe haber alguna otra forma de acabar con esto.
— Desearía que así fuera… Pero hemos tolerado suficientes agresiones. Hemos perdido soldados, granjeros, incluso ciudadanos inocentes, lo se… pero… Abogar por la paz no siempre significa dar la otra mejilla… Quiero acabar con esto… y si es necesario una guerra… No lo sé…
El Rey transmitía frustración, impotencia, tristeza en la forma en la que veía la vasija de arcilla rota en el suelo. Como si fuera un reflejo de sus convicciones e ideales. La princesa dio pasos lentos pero firmes, se agacho y uno a uno tomo los trozos de arcilla del suelo. Su padre le siguió.
— Siempre haz sido mucho más expresivo que madre, por eso no quiero verte así, tan triste y desconsolado. Te amo padre. Debe haber una forma de aliarse con los reinos vecinos. No quiero ver sangre bajo tus pies. — Se levantó la chica, juntando los trozos rotos de la vasija sobre la mesa. Miro a su padre una vez más y se marchó.
Dos días habían pasado. Tras la visita y posterior partida del hombre de la túnica de cuero -El mensajero del Rey-. La familia Real se encamino a uno de los distritos más alejados del castillo, aquel en donde se ubicaban los bazares y mercadillos con precios bajos, y por ende, repletos de personas.
— ¿Cómo estas hoy? — Interpelo a la princesa uno de los dos soldados que le acompañaban mientras cabalgaba tras sus padres camino al distrito. En voz baja y discreta manteniendo la mirada fija al frente. Era solo unos pocos centímetros más alto que la princesa, corpulento, el roncar en su voz apenas y escondía lo aguda que llegaba a ser—. Conozco ese rostro. ¿Qué ha pasado?
— Escuche a padre hablar con el mensajero esta mañana — Respondió a princesa con disimulo —. No puedo contarlo ahora. Pero, me hace sentir un poco mejor que estés aquí, alguien de fiar, necesitaba compañía de alguien así.
— ¿Qué tal los nuevos reclutas? — Dijo el soldado meneando la cabeza en dirección a los soldados más alejados de la formación.
— Nada mal para su primer día en una caminara real. Aunque aquel está demasiado distraído, como si nunca hubiera estado en esta zona del distrito. —Señalo la princesa con la mirada fija a uno de los soldados.
— No me extrañes mucho —Le dijo el soldado a la princesa. Levanto su mano, hizo una señal y uno de los soldados camino y le remplazo en su posición a la izquierda del caballo de la princesa. Con pasos largos se aproximó al soldado distraído, toco su hombro y le murmuro al oído. Este asintió con la cabeza, tomo un respiro y adopto una postura firma igual a la de los demás. El soldado regreso a la izquierda del caballo —. ¿Me echaste de menos? —pregunto a la princesa.
— Siempre lo hago — Respondió ella con una mueca y voz burlona.
Habrían pasado unos 20 minutos hasta llegar a los bazares. La princesa y el soldado platicaron todo el camino. La familia real, bajo de sus caballos y recorrieron el basar, probando comida, hablando con los mercaderes, respondiendo pregunta de los ciudadanos, como solían hacer cada semana. La princesa en todo momento desviaba sus ojos de la mirada de los ciudadanos, se mantenía lo más cerca posible de sus guardias, de aquel soldado. Saludo y charlo un rato con sus amistades que frecuentaban la zona, comió y bebió un par de cosas. Pero aun así, trataba de evitar lo más posible a las personas, no quería transmitir su inseguridad.
— Algo no está bien… — Susurro rápidamente el Soldado a la Princesa.
— ¿Qué ocurre?
— Lo acabo de confirmas con dos guardias más. Hay algo raro. He visto a través de los toldos que hay personas en los tejados. Lo usual, pero algunos visten de forma extraña, llevan túnicas un tanto sospechosas, se abultan un poco en la espalda y la cadera. — Murmuro el soldado mientras hacía señas con los ojos a otros guardias —. Hacen señales extrañas, se mueven… raro. Y como ellos hay tres detrás de nuestro grupo. Siguiéndonos, y más adelante hay otros dos. Túnicas similares, abultada en mismas zonas, no dejan de mirarnos de reojo…
— Podrían ser extranjeros, o mercaderes. Simples curiosos. — interrumpió la princesa, tratando de hallar una explicación.
— Quiero asegurarme de algo — El soldado llamo a cuatro de los guardias y les ordeno inspeccionar a los tres sospechosos a sus espaldas y que informara al capitán, quien estaba al centro de la formación junto a la Reyna. El paseo real se detuvo en uno de los establecimientos de sopa predilectos de la Reina. Tras las sospechas todos los guardias estaban alerta —. Hay dos más adentro. No tienen la cabeza cubierta, pero si túnicas iguales a los del tejado. — Uno de los cuatro soldados que quedaron atrás con los sospechosos, con pasos apresurados, dio una palmada en el hombro del soldado junto a la princesa y le susurro al oído, se acercó al capital, este dio una orden a otros 2 guardias y salieron del local junto al primero.
— Los sospechosos, tienen espadas — Dijo discretamente el soldado a la Princesa —. Preguntaran de donde vienen y que hacen aquí. Probablemente sean exploradores. Ojala sean solo eso.
Antes de que la princesa pudiera responder, El Rey, quien se encontraba hablando con el dueño del establecimiento, fue rodeado por 2 de los guardias en un movimiento brusco. El Rey se exalto, y otros dos guardias se acercaron a la mesa en donde estaban los sospechosos de las túnicas dentro del local. Los sospechosos rápidamente se levantaron, tratando de sacar algo de debajo de sus túnicas.
— ¡Cerbatanas! —Exclamo uno de los guardias. Los soldados tomaron sus espadas, y rodearon a la familia real. Se escuchó una conmoción fuera del establecimiento, los clientes asustados cubrieron sus cabezas. Y del tejado saltaron cuatro hombres con túnicas portando dagas en cada mano.
— Lo sabía. — Dijo el soldado junto a la princesa. Empuño su espada y puso tras el a la Chica. Los soldados dentro del local abatieron a los atacantes de las cerbatanas aprovechándose de su inconveniente al sacar sus armas de sus túnicas, los nervios les habrían traicionado. Mientras que afuera los soldados luchaban contra los tres sospechosos que estaban interpelando, y en la entrada del establecimiento, los cuatro que cayeron del tejado se abalanzaron sobre el rey ignorando cualquier daño que los guardias les pudieran propiciar, era clara su misión, asesinar al rey bajo cualquier costo, una especie de misión kamikaze.
El soldado junto a la princesa cedió su lugar como escudo humano a uno de los guardias más novatos y con gran velocidad intercepto con su espada la rodilla de uno de los atacantes. Le hirió gravemente. Otro encontró la muerte en la espada del capitán de la guardia a solo pasos del rey. Los otros dos, arrojaron cuchillas a la familia real en vano, pues los escudos de los guardias habían detenido todas aquellas que hubieran hecho daño al Rey o la Reina, la Princesa no parecía ser el blanco en aquel atentado. Los atacantes de afuera ya habían sido sometidos, por lo que dos de los soldados que estaban fuera dieron caza a los hombres que arrojaron las cuchillas hasta detenerlos varios metros lejos del establecimiento.
— ¿Están todos bien? —Pregunto el capitán de la guardia. Y tras recibir respuestas positivas por parte del Rey y los civiles dentro y fuera del establecimiento, fueron elogiados por todos en el lugar. Nadie había resultado víctima del atentado más que los atacantes. Al transcurrir unos minutos, mientras todos se recuperaban de la conmoción. Soldados del reino retiraron los cuerpos de los terroristas, y llevaron a las mazmorras a los 3 que quedaron con vida pero gravemente heridos.
La princesa estaba en Shock. Como si las recurrentes pesadillas que le atormentaban por las noches hubieran querido hacerse realidad por un momento. Los minutos que se extendió el combate les parecieron casi eternos. Para el soldado y los demás guardias tomo solo una fracción de segundo, ya habían anticipado que algo estaba fuera de lugar, que era muy extraño que varios hombres estuvieran vestidos de maneras tan similares y en posiciones tan “estratégicas”. Pero la princesa, simplemente no podía entender del todo lo que había pasado. Solo sabía que su familia ya no estaba a salvo.
Después de aquel incidente, les tomo unos minutos recobrar la calma hasta que decidieron volver al castillo. El soldado junto a la princesa intentaba distraerla, calmarla, pero ella estaba inmersa en sus propios pensamientos. Solo era cuestión de tiempo para que intentaran atacarles mientras dormían, pensaba ella. Si con el nivel de seguridad y la cantidad de guardias en todas partes, este grupo de agresores lograron acercarse tanto a ellos, no quería ni imaginar que pasaría si enviaran a la mayoría de sus hombres a la aparentemente inevitable guerra.
— ¿Me estas escuchando? —Pregunto el soldado, se sentía preocupación en sus palabras —. Oye… llegamos, baja del caballo.
La princesa miraba perdidamente a la nada. De no ser porque un soldado guiaba su caballo, probablemente esta habría vagado por todos los distritos antes de llegar al castillo. El Rey y la Reina habían bajado de sus caballos y conversaban con el capitán de la guardia en turno, les encomendaban ser agresivos a la hora de intersectar algún sospechoso u hombre armado, exploradores, extranjeros, caza fortunas, todos debían ser estudiados. El Rey prefería no tomar este tipo de medidas, temía que su pueblo temiera a un soldado, o bien pensara que se temía por más ataques. –El pueblo de Is´sac estaba consciente de que el reino estaba bajo constante ataque, pero la rápida respuesta del ejército, las pocas pérdidas humanas, y el aparente humor impoluto del Rey les hacía sentir calma y confianza. Esto era lo último que el Rey quería perder. Sabía que si esa fachada desaparecía, el miedo y posteriormente el caos, llegaría al reino-.
— ¿Podrías acompañarme un momento? —Dijo la princesa con voz apagada al soldado.
— Se-seguro, ¿A los jardines?, Solicitare permiso al Rey…
— ¡PADRE! Iré al jardín privado, quiero caminar un poco —Notifico la Princesa a su padre. Este no se sentía tranquilo con la idea, pero lo permitió a sabiendas del estado emocional de su hija. Antes de que este pudiera ordenarle a los guardias acompañarles, la Princesa ya había solicitado la compañía de cuatro soldados, incluyendo a su protector y acompañante.
Poco a poco se fueron adentrando a los jardines privados del castillo hasta llegar al jardín personal de la princesa, ese que su madre creo cuando la heredera tenía apenas varios meses de nacida —. Ustedes tres, por favor, rodeen la zona. Tú, ven conmigo, demostraste gran habilidad en el combate cercano. Me conviene tenerte cerca. — La princesa intentaba aparentar calma y firmeza. Su voz se quebraba cada cinco palabras. Los tres guardias asimilaron la orden y empezaron a rodear la zona, dando pasos fuertes y sincronizados, legibles a la distancia, así es como daban a conocer su posición y el estado de la situación a los demás.
La Princesa camino con el soldado que le acompaño en todo momento aquella tarde, el sol estaba por ponerse. Caminaron un poco hasta saber que nadie podría verles en un pequeño recoveco entre varios altos matorrales. La Princesa dejo de darle la espalda al soldado, le miro a los ojos a través de su yelmo y le abrazo con fuerza, le tomo solo segundos romper en un silencioso llanto. Las lágrimas recorrían sus mejillas hasta chocar con la hombrera izquierda del caballero, este le abrazaba con delicadeza, frotaba su cabello con el mentón. El soldado levanto la cubierta del yelmo que ocultaba su rostro y beso la cabeza de la princesa —. Odio tener que hacer esas cosas frente a ti, se lo mucho que te desagradan. Lo siento mucho. Sabes bien que preferiría no llevar armas cuando estoy contigo. —Dijo el soldado, enmudeciendo sus palabras con la castaña cabellera de la princesa.
— Escuche a padre —La Princesa sollozaba —. Dijo que tendría que ir a la guerra para acabar con esto… Hoy envió a su mensajero… para decir que estábamos listos… Apenas puedo soportar saber que luchan en la frontera. Apenas y puedo soportar saber que quieren asesinarnos a todos… No quiero más de esto…
— Nuestros soldados son los mejores. No les dejaran llegar ni a las granjas del este a nadie que ose atacarnos. —El soldado se escuchaba convencido, él era testigo del duro entrenamiento que había que superar alguien para siquiera llegar a ser reclutado —. Todos en el continente lo saben. Ya, ya, estoy aquí.
— ¿Y qué pasaría si se alían todos? Ni con todos los solados del reino podríamos hacer frente.
— Son egoístas, ninguno de ellos están dispuestos a compartir nada, por eso quieren luchar por su cuenta, quieren todo para ellos mismos, creen que tienen derecho a estas tierras, pero ni siquiera son capaces de cosechar nada, prefieren saquear, sobar, engañar, nadie así puede merecer ni un árbol de este reino. La justicia divina, los Dioses no permitirán que ningún enemigo ponga siquiera un pie en una de nuestras granjas.
— ¿Y qué me dices de lo que ocurrió hoy? — El llanto de la Princesa había cesado, pero las lágrimas seguían brotando de sus marrones ojos.
— Fue solo una advertencia, más para ellos que para nosotros. Eso es lo que les espera. —El soldado alejo la cabeza de la princesa de su hombro, se quitó el yelmo descubriendo su oscuro cabello -llegaba hasta sus cejas y cubría parte de sus orejas, se extendía hasta su cuello-. Tomo con ambas manos el rostro de la princesa e intercambiaron una melancólica mirada. La Princesa acariciaba el cuero de los guantes del soldado con ambas manos.
— Te amo —Susurro el soldado —. No permitiré que nada te pase, ni a ti, ni a los Reyes, ni a nadie en este reino, cuidare de ti hasta mi muerte. Eres mi sueño.
La Princesa acerco sus labios al soldado, quien respondió con un delicado beso, que poco a poco tomaba fuerza y pasión. Se detuvieron, se separaron y el Soldado coloco su yelmo en su cabeza de nuevo, la princesa dio media vuelta y largo su mirada al cielo. El ruido de los pasos de los solados que rodeaban la zona se hacía más cercanos e irregulares, sonaban ligeros. El sol se había puesto, y la luz de la luna les permitía ver con claridad el camino a seguir.
— ¡Soldados! Volvemos al castillo —Exclamo la Princesa. Los pasos a la distancia se detuvieron de inmediato. Y se encaminaron al centro de su formación, en donde estaba la princesa y compañía.
— Los novatos del cordón exterior del paseo se quedaron fuera de los límites castillo, no nos acamparon hasta la entrada. — El Soldado empuño su espada, sospechaba —. ¿Quiénes son estos?
Era la norma dar un par de pasos extras antes de detenerse por una orden. Norma que en esta ocasión no fue cumplida por ninguno de los tres soldados que, supuestamente, eran de un alto rango al igual que acompañante de la princesa. Se escuchaban pasos acercarse, sin ningún tipo de orden. El soldado empezó a mirar en las tres direcciones de donde provenían estos pasos. Preparaba un sermón, aun así, tomo a la princesa de la mano y la ocultaba celosamente tras su espalda. Algo estaba fuera de lo común.
Los pasos se enmudecían conforme se acercaban hasta que dejaron de oírse a pocos metros de la princesa. De detrás de los matorrales que cubrían a la Princesa y al soldado, se abalanzaron tres desconocidos, con espadas en mano, sin armaduras, solo ropajes de cuero, trajes ligeros de asesinos.
El soldado empujo bruscamente a la princesa a un arbusto a sus espaldas. Desenvaino su espada rápida y furiosamente, atacando directamente a los misteriosos bandidos, desviando las hojas de dos de ellos. El tercero, a su desprotegida izquierda, golpeo su espada con el veloz antebrazo del soldado. Tenía protección, pero aun así logro hacerle daño y atravesar un poco la armadura llegando hasta la piel. Con un rápido movimiento de muñeca, el soldado reintegro su espada al combate, tomo posición de defensa, miro a su alrededor, estaba en clara desventaja numérica —. ¡ZONA 7, YA! —Grito el soldado. Los atacantes se abalanzaron una vez más.
La princesa yacía sorprendida y aterrada en los matorrales, no quería ver. El soldado se movió a su izquierda, alejándose de los atacantes de enfrente y la derecha, quienes al verle, detuvieron sus pasos, pues chocarían entre ellos seguían. El de la izquierda abanico su espada hacia adelante, el soldado desvió el ataque levantando la suya, haciendo que desprotegiera su torso sin armadura, el soldado giro rápidamente, orientando su espada al abdomen del atacante, cortándole e hiriéndole de gravedad, cayó al suelo derrotado, llevándose las manos a la sangrante herida.
Uno menos. Los otros dos atacantes se separaron, uno paso su espada a su mano izquierda, tomando una daga de su cadera. El otro dirigió la mirada a la aterrada princesa y antes de que pudiera pensar en abalanzarse sobre ella, el soldado estiro su espada cuán lejos pudo a modo de estocada, en un intento por desviar su atención. El impulso le echo hacia adelante, acercándose a su enemigo. El otro impulsaba su mano para arrojar su daga. El soldado, en un rápido movimiento, cambio de mano su espada, colocándola horizontalmente sobre su cadera, con la mano derecha libre, se estiro y tomo al enemigo por el cuello de su traje, largo una patada para desestabilizarle, y le hizo tropezar hacia él, hacia su espada, atravesando el costado de su abdomen. Del impulso, giro al enemigo en su espada en dirección al otro, para cubrirse de la daga que le habían arrojado. Al sentir el impacto de esta, el soldado empujo al atacante herido hacia el último en pie.
Desconcertado, el enemigo en pie tomo rápidamente otra daga de su cinturón, pero una saeta le atravesó su brazo izquierdo, en el que mantenía la espada, y al volearse, recibió otra en el pecho, una más en el cuello le hizo caer en el suelo junto a su aliado. Los guardias reales habían llegado. Deprisa, dos con ballestas se acercaron a los enemigos en el suelo y otros tres con escudos y espadas rodearon al soldado, desconcertados, ¿Cómo pudieron entrar a los jardines?
— ¿¡Dónde está la princesa!? — Exclamo aterrado uno de los guardias al no verle.
— ¿Está bien Princesa? —El agitado soldado extendió la mano a los arbustos. La joven la tomo y se levantó —. Disculpe por haberla empujado, solo intentaba alejarla de los atacantes.
— Descuide, entiendo. ¡Tú brazo! —Rápidamente, la Princesa tocio y corrijo sus palabras —. ¡Su brazo, está sangrando! — Señalo al brazo izquierdo del soldado. Efectivamente, la herida que le hizo el primer atacante le había atravesado la armadura del antebrazo y cortado.
— No pasa nada, estaré bien. Soldados, busquen alrededor. Necesitamos patrullar la zona, no creo que sean los únicos enemigos por aquí, seguramente asesinaron a los otros hombres que nos acompañaban, hacían guardia a nuestro alrededor. Acompañare a la Princesa al castillo e iré con un doctor… — La Princesa, la asustada muchacha, se echó a correr en dirección al castillo. Los guardias no pudieron detenerla con palabras, por lo que dos de ellos la siguieron corriendo. El joven soldado solo la observo irse, sabía que no podía hacer nada.
Al llegar al castillo, La Princesa entro corriendo. El Rey y la Reina, sentados en su trono hablaban con algunos soldados, sin poder decir nada, le vieron atravesar la puerta que llevaba a sus aposentos. Los guardias que le seguían, directamente fueron con el Rey a explicarle lo que había pasado, no hacía falta interrogar a la joven muchacha, le dejaron en paz, de estar herida se habría notado en su forma de correr, o al menos lo habría manifestado, de lo contrario, corrió por todo el salón principal sin mirar a los lados, la Reina conocía bien a su hija, no había nada que hacer o decir, más que dejarle marcharse a las plantas superiores del castillo.
La princesa subió las escaleras hasta el ancho corredor que conectaban las habitaciones del castillo, atravesó la puerta madera oscura de sus aposentos y tras cerrarla, se derrumbó sobre sus rodillas, miraba al suelo perdidamente y una vez más se echó a llorar. No había forma de saber si estaba a salvo, ni en sus propios jardines. Su familia corría gran peligro. No era capaz de imaginar que hubiera pasado si el soldado no hubiera estado con ella en todo momento. Pudo haber muerto, sus padres pudieron morir esa tarde. Ahora, no estarían seguros sin una tropa de guardias rodeándoles. La idea de la guerra empezó a lucir tentadora, tal vez así darían fin a los ataques y a todo el conflicto.
Un abrazador y reconfortante silencio ahogo el llanto de la Princesa. Las lágrimas desaparecían apenas brotaban de sus ojos. Su cuerpo se hizo ligero, como si sus miedos y tormentos fueran abandonándole poco a poco. La luz de la luna irrumpía en la habitación a través del balcón. Una entidad extraña, ajena a la realidad se hacía presente.
— No sirve de nada llorar mi niña. Tienes la fuerza para levantarte. —Una voz que parecía salir de ninguna parte, arrulladora, suave. En un principio parecía solo el sonido de la suave y fría brisa nocturna, pero en efecto, alguien había dicho eso.
La Princesa sin ningún tipo de prisa, levanto la mirada para descubrir el origen de aquel apacible sonido que por un momento pareció la voz de una mujer. Frente a ella, descubrió un extraño ser, una presencia luminosa y esbelta que abarcaba casi todo lo alto de la habitación.
No sentía miedo, no sentía intriga, no sentía sorpresa. La misteriosa y angelical presencia le confería una paz melancolía. Algo dentro de su cabeza susurraba que no había de que temer, que aquel ser, estaba allí solo por y para ella.
— ¿Qué eres? —Pregunto la Princesa con un nudo en la garganta.
— He recibido muchos nombres a través de los tiempos; Hada, Diosa, Milagro. Respondo al llamado de los corazones puros atacados por el dolor. Y tú, mi niña, necesitas quien aparte el sufrimiento y el tormento de tu ser. — La voz –ahora claramente femenina- resonaba con un tenue eco. Apenas se podía distinguir un cuerpo humano a través de la luz que rodeaba a aquella mágica presencia.
— Yo… No quiero más guerras, no quiero más conflictos. Quiero que vuelva la paz, aquellos tiempos en los que nadie conocía lo que era una batalla. Quiero volver a aquella época en la que todos sonreían por ser felices y no por aparentar. —La luz que emanaba de la misteriosa presencia abrazo a la Princesa, rayos de luz le rodearon, y esta, por primera vez, hizo palabras un personal y recurrente pensamiento —. Desearía dormir, dormir mucho, y despertar cuando la guerra termine, cuanto la paz gobierne el continente. Quiero dormir, y despertar cuando todo esto termine.
La presencia sin nombre, se desplazó lentamente, acercándose a la Princesa —. Puedo concederlo, pero necesito algo de ti, algo que estés dispuesta a entregar, algo que lleves contigo durante mucho tiempo. — Inclino lo que debía de ser su cabeza al oído de la Princesa —. Si has de dormir, entrégame tus pesadillas.
La joven heredera, vio a lo que parecían ser los ojos de aquella entidad, sentía como su corazón se encogía, sus manos formaron puños que apretaban su vestido y sin pensarlo más, respondió por última vez.
— Te entrego mis pesadillas. Solo quiero dormir y despertar cuando la paz gobierne de nuevo nuestro reino.
— Y así será. — Susurro la presencia.
La Princesa sentía sus ojos cerrarse, su cuerpo despegarse del suelo, y su espalda recostarse en su cama. Poco a poco su mente se fue desconectando de la realidad. Lo último que pudo ver, fue al luminoso espectro apagarse lentamente. Lo último que pudo sentir fue su cama a sus espaldas y sus dedos entrelazarse. Y lo último que escucho, fueron pesados y apresurados pasos fuera de su habitación, un fuerte golpe en su puerta, el sonido del metal chocando contra la piedra y una voz familiar, desgarrada gritar “¡NO!” Para luego, en un brusco soplar de viento, alejarse tras el fuerte resonar de la puerta cerrándose.
VIEJO ESCRITO
A cuantas de nuestras Hermanas hemos sacrificado por estas tierras. Cuantos canticos y ofrendas a nuestro señor. Nuestro sudor, nuestra sangre. Por fin cosecharemos el fruto de nuestro esfuerzo. Un paraíso en este caótico continente. Las mejores cosechas, el clima perfecto. Un lugar al que llamaremos hogar.
El precio a pagar ha sido alto. Y más que pagaremos, no podemos recibir sin dar nada a cambio. Nuestro señor es caprichoso, pero justo.
Tenemos el poder de destruir a quien envidie nuestro regalo, destruir a quien piense arrebatárnoslo. El peregrinaje empezara pronto. Volveremos y recibiremos nuestra ansiada recompensa. Un nuevo hogar.
EL SUEÑO DEL CABALLERO.
En una calurosa noche de verano. En el hogar de un adinerado banquero en el distrito financiero del reino. Nació un bebe, un niño. Con el tiempo su nombre fue cambiando, hasta llegar a ser solo un murmullo entre dientes, pero eso sería lo que menos le definiría a este muchacho.
Su padre le inscribió en el colegio más prestigioso del distrito. El hombre tenía grandes expectativas hacia su muchacho. Pero este veía con desinterés un futuro como su padre, el cual soñaba con que siguiera sus pasos.
Cuando el muchacho tenía 7 años de edad, su familia asistió a uno de los grandes festivales anuales del reino. Se celebraba el natalicio del Rey, todos comían y bebían, bailaban y cantaban. Podían asistir todos, y el pequeño muchacho con su familia eran de los que se encontraban más cerca a la familia real.
Ese día, apenas dar comienzo a la celebración, el jovencito, en hombros de su padre, pudo ser de los primeros en ver al Rey salir del castillo, una escena casi épica y gloriosa parecida a la de los cuentos que su madre solía leerle. Junto al Rey, la Reina, y guiada por su mano, una pequeña princesa. Rostro casi angelical, cabello largo como el de las muñecas de porcelana que empezaban a hacerse popular entre las niñas del reino. El jovencito yacía maravillado ante la imagen radiante de la futura heredera
— Padre ¿Ella es la princesa? —Pregunto el niño con su mirada perdida en los oscuros ojos de la Princesa.
— Sí. Pronto ella será quien gobierne todo el reino. Posiblemente cuando tú seas un gran banquero como yo.
El jovencito crecería, siguiendo con admiración y asombro a aquella joven doncella. Él era uno tres años más grande que ella, pero en ningún momento se detuvo a pensarlo, el, por algún mágico motivo, estaba maravillado con aquella chica.
Los años pasaron, y el ahora adolecente muchacho –Cabello largo hasta las cejas, ojos oscuros, mentón definido, no muy alto, corpulento-, tenía que empezar a estudiar para ser aquello que su padre siempre quiso, un hombre de negocios. Pero el muchacho tenía otros planes, a como dé lugar él quería conocer a la princesa, estar con ella, era su sueño, así lo sentía en su corazón cada noche antes de dormir, cada primer pensamiento por la mañana, cada vez que le veía salir del castillo a pasear con el Rey y la Reina. Y tenía un plan para ello ¿volverse un artista reconocido, músico, pintor, escritor? ¿Ser un gran y adinerado hombre de negocios, superando a su padre? Nada de eso. Él había visto que solo pocas personas podían estar cerca de la familia real, y no sería un sirviente, ni un cocinero. Él quería ser soldado, ser un guardia real. Así no solo podría estar cerca de la princesa, también la protegería.
Una noche de invierno, El muchacho hablo con sus padres sobre su plan, su sueño. Estos se negaron rotundamente, no había razón lógica para ello, no había forma en la que permitieran que su hijo, después de una vida de lujos y estudios.
— Nuestro hijo no arruinara su brillante futuro por ser un simple y pobre soldado que bese los pies de nadie — Gritaba su padre.
A ese día derivaron peleas, discusiones, intercambio de miradas y, la mayor parte del tiempo, silencios incomodos en donde apenas se podía escuchar a los padres del muchacho susurrarse el uno al otro.
Una mañana, como se había vuelto costumbre costumbre, la madre se levantó, preparo la comida y sin llamar a su hijo, desayuno junto a su esposo, esperaron a que el joven bajara, pero no lo hizo, estaría molesto. La hora del almuerzo llego, tampoco asistió. El padre, preparado para sermonearle, subió las escaleras, y de un golpe abrió la puerta de la habitación, el muchacho no estaba, tampoco parte de su ropa. Aquella habitación fue víctima de la ira del hombre, no dejo mueble sin golpear. La madre, escuchando abajo, suponía lo que pasaba, pero sabía que no había nada por hacer.
Ese mismo día, temprano en la mañana, el muchacho había llegado a su destino; El cuartel general del ejército del reino, ubicado a varios metros de la parte trasera del castillo. Con entusiasmo y decisión entro a aquel ornamentado edificio y fue con el primer hombre con armadura que vio en aquel lugar
— ¡QUIERO SER SOLDADO!
Eran pocos los casos de muchachos jóvenes que se alistaban al ejército. Por lo general hijos de granjeros o de familias de bajos recursos. Se pagaba bien el ser soldado, para sorpresa de todos en el barracón donde le asignaron habitar, él era el único adinerado en mucho tiempo, o al menos solía serlo.
A los nuevos reclutas se les instruía en estudios básicos. El muchacho destaco en todo, pues había recibido costosos y estrictos estudios en su niñez que ahora veía útiles.
-Años después de que el primer Rey Is-sac estableciera las fronteras de su reino, varios bandidos intentaron conquistarle, adueñarse de partes importantes de sus terrenos o directamente saquear y destruirlo todo. El primer Rey fue un bravo guerrero, hábil con la espada, inclemente con el hacha, preciso con las lanzas, impecable con el arco. Entreno personalmente a los hombres que le admiraban y querían seguir sus pasos. Creo el primer ejército del reino cuando este aumento su población a cientos. Cuando alcanzaron los miles, ya había creado escuelas militares y en todas, se exhibían banderas, el símbolo del reino, el animal predilecto del Rey, un águila. El solía decir que era su espíritu animal, fue apodado “El águila Is-sac” en los campos de batalla, nombre que causaba terror a los agresores de aquel reino que lograban sobrevivir.
El Rey se hizo viejo, y perdió fuerza en sus brazos y piernas, estaba listo para ceder el trono a su único hijo —. ¡Mi amado pueblo! — Pregono con fuerza a las puertas de su castillo —. Pronto tendré que partir. Dejo nuestro reino en las manos de mis hijos, todos y cada uno de ustedes. A mi lado está de pie su nuevo guía, le eduque bien. Sé que nuestras tierras son deseadas por muchos, peor los mismos dioses nos guiaron hasta aquí, nos bendijeron con este hogar, y por ello nadie lo merece más que nosotros. Aquel que se oponga a ese decreto divino, será castigado, y nuestros soldados estarán ahí para ello, yo también, desde arriba los cuidare y seguiré entrenando, dándoles fuerza y sabiduría en combate. Dejare este viejo cuerpo aquí, pero mi espíritu volara por siempre sobre nuestro reino.
Esas son una de las pocas frases que derrotaron al tiempo. Se dice que cuando el primer Rey falleció, se vio volar al ave más grande que nadie jamás pudo haber imaginado.-
Siguiendo con la tradición del primer Rey, todos los soldados, a partir de cierto rango –el tercero de cinco-, usaban armaduras con diseños inspirados en las águilas. Las armaduras cambiaban dependiendo del rango y la especialización del soldado. Mientras más alto era el rango, menos protección usaban, era una forma de reflejar lo bien preparados que estaban.
El entrenamiento de los solados para siquiera entrar a las filas de reserva era duro. Pero al entrar, se volvía casi un castigo. Uno de los más extraños consistía en sentar al soldado en medio de un establo, almacén o bosque, mientras se le hacían memorizar patrones, dibujos y símbolos, otros reclutas debían hacer sonidos de casi cualquier tipo –caminando, trotando, arrastrándose, golpeando cosas, o moviendo objetos-. En momentos aleatorios el guía de la práctica se detenía y le hacía preguntas al soldado como ¿Cuál fue el quinto dibujo que le mostré? ¿Cuántos soldados escucho caminar? ¿De dónde provenía el ruido de las espadas? ¿Cuáles símbolos se parecían? ¿Cuál fue el segundo ruido que escucho?
Combates a ojos cerrados con y sin armas, prácticas médicas y de primeros auxilios, expediciones con alimento reducido que llegaban a durar semanas. Todo el entrenamiento que recibían los soldados les preparaba para ser perfectos en todas las disciplinas necesarias. Al cuarto año de entrenamiento solo llegaban los más fuertes, los mejores. Al sexto año dejaban de recibir entrenamiento, y pasaban a trabajar de lleno en las fuerzas armadas, desde guardias en las fronteras hasta guardia privado de la familia real, y ese era el objetivo de aquel muchacho que se alisto al ejercito guiado por la pasión y amor que quemaba dentro de su pecho, ya no era un joven muchacho, ahora era un soldado.
El oficio con mayor importancia dentro del ejército era cuidar al Rey, la Reina y la Princesa, y para ello había que trabajar muy duro. El Soldado había estado en casi todos los puestos del ejército, era uno de los mejores en casi todo. Se destacaba en las prácticas presenciadas por la familia real, en las que, en todo momento, observaba de reojo a la princesa. En los paseos de la familia real siempre se mantenía firme y obediente, aprovechando cada descanso para no separar su mirada de la hermosa muchacha. Cuando tenía turno en las fronteras se sentía frustrado, tan lejos de ella, pero se reconfortaba al pensar que pronto le podría volver a ver.
Una noche cualquiera en las fronteras del este, en las montañas, mientras el descansaba de su guardia. Varios arqueros enemigos aparecieron desde el blanco y frio bosque. Las tropas se hallaban desorientas, pues la nevada tormenta les dificultaba ver, el momento perfecto para casi cualquier enemigo. Los atacantes entraron al punto de control con gran facilidad, pues a diferencia de los soldados del reino, ellos habitaban en las montañas desde hacía años. Los soldados del reino estaban muy bien entrenados, lograron acabar con casi todos los bandidos, pero muchos resultaron heridos, incluyendo el joven soldado, quien, con cortes profundos en su torso y brazos, levanto a los soldados heridos, y subido a una carreta, los llevo durante casi dos días al reino, directamente al hospital del cuartel general. En el camino les atendió como pudo con los recursos que tomo antes de marcharse del punto de control, solo uno falleció antes de llegar.
El soldado durmió por casi un día, habían atendido sus heridas, descanso todo lo que pudo. Al despertar fue recibido con honores en el despacho del capitán de la guardia.
— No eras ni de lejos el menos perjudicado de todos los heridos que llegaron. —Expreso el capitán —. Y aun así, con tan solo un caballo, los trajiste a todos hasta aquí. Te felicito. Nuestras filas necesitan más hombres como tú. Informe al Rey sobre tu acto, al igual que yo, quiere recompensarte. Dime ¿Qué podríamos hacer por ti?
— Quiero conocer a la familia real señor —Respondió el soldado, sin pensarlo dos veces —. Me gustaría, conocer en persona a nuestros señores.
Una petición un tanto extraña de un soldado. Usualmente quienes eran premiados por valentía u honor, solicitaban un hogar mejor para su familia, retirarse del ejército o bien comida o dinero. Nadie antes había pedido conocer al Rey y la Reina, pero ese no era el verdadero deseo del soldado.
Los días pasaron. El Rey ordeno a sus reposteros preparar pasteles y galletas para recibir al soldado, una tarde en el castillo se le había concedido.
El soldado estaba nervioso, vestía el traje de gala asignado por el ejército, hacía mucho que no usaba ropa tan fina. Los nervios hacían temblar sus pies y manos, por más profundo que respirase era incapaz de mantener la postura. Al abrirse las puertas del castillo frente a él, uno de sus amigos de la academia, ahora vigilante en turno en la puerta le murmuro “tranquilo, el Rey no come personas”. En parte le ayudo a calmarse, pero al otro extremo de aquel enorme salón, en sus tronos, estaba la familia real.
Poco a poco camino junto a su escolta, el capitán del ejército, hacia los tronos. Estaba de frente, su mirada se mantenía firme al Rey, habría preferido olvidarse de las formalidades y contemplar a la Princesa, jamás había estado tan cerca de ella, sentía que desfallecería en cualquier momento.
— De todas las peticiones que me hacen, la tuya, sin duda, ha sido la más grata que he recibido en bastante tiempo —Dijo el Rey, levantándose de su asiento, con una gran sonrisa. Tenía fama de ser bromista y parlanchín, afable, ese día el soldado lo confirmo. —. Había olvidado lo mucho que me encantaba tomar algo de té, comer una gran rebanada de tarta y charlar. Tu muchacho tienes un gran corazón, lo puedo ver en tus ojos. Mi señora te agradece en parte que hayas venido, pocas son las veces que nos hemos podido sentar y relajar juntos a tomar algo.
La Reina y la Princesa se acercaron al soldado. Este, tomo la mano extendida de la primera y con un beso en su anillo le saludo. Volteo, vio a la Princesa a los ojos, tan bella, tan radiante, tan cerca, su corazón explotaría de latir con tanta fuerza, parecía un sueño. La Princesa extendió lentamente su mano, y el soldado, la tomo con delicadeza, dio un corto paso al frente, y beso con amor sus dedos. El olor, la textura en sus labios. No había forma de describirlo. Sintió un pequeño punzar en su corazón.
— Les estas entrenando muy bien. —Dijo el Rey al capitán del ejército mientras estrechaban sus manos —. Vamos a la terraza, nuestro maestro repostero preparo un esquicito pastel de arándanos.
La princesa vio fijamente al Soldado, nadie jamás había tenido tanto cuidado en saludarle. Este sintió la mirada de la chica en su cuello, los nervios afloraron una vez más.
La terraza del castillo se ubicaba un par de pisos sobre el salón principal del castillo, desde ella se podía observar gran parte del reino, en especial el camino principal que conectaba el castillo, atravesaba todos los distritos, y se separaba en varios caminos en el horizonte del sur. Una vista digna de un Rey.
Tomaron asiento junto a una hermosa mesa de te. El Rey solicito al soldado que contara todo lo que había pasado en aquel frio puesto de vigilancia. Este narro minuto a minuto el combate que se libró allí. El Reina mostraba asombro en sus ojos, el Rey le escuchaba atentamente mientras comía, y la Princesa no mostraba interés alguno en hazañas militares, repudiaba el conflicto.
— El capitán me conto quien eras y de donde venias muchacho. —Interpelo el Rey al soldado momentos después de terminar su relato —. Creo que hace un año conocí a tu padre, en una junta con los banqueros del reino. Si mal no recuerdo, era aquel hombre que en cierto momento menciono que su hijo había muerto. Yo, quisiera hacerte una pregunta ¿Por qué decidiste ser soldado?
El muchacho trago aquel mordisco de tarta con dificultad, llevaba casi seis años sin saber nada de sus padres —. Me da algo de vergüenza admitirlo señor. — El soldado miro directamente al Rey y, en un intento por darle sentido a su decisión, respondió sin titubear —. Por amor señor, amor a este reino, a su gente, a la vida. Siento que como soldado puedo aportar más que siendo un banquero. Y como soldado tengo más posibilidad de cumplir mi sueño, acabar con la guerra, terminar de una vez con quienes alteran la paz de nuestro reino.
El Rey frunció el ceño, no le gustaba conversar sobre aquel tema. La Reina respiro profundamente, y siguió tomando él té, percibía la incomodidad de su esposo. Por otro lado, la Princesa, quien se mantenía alejada de la conversación, mostro interés por las palabras de aquel muchacho, le miro de costado, sorbió un poco de té y por primera vez, le dirigió la palabra al soldado.
— Extraño que un soldado no quiera luchar. ¿No es ese el motivo principal por el cual se alistan al ejército? — El soldado, ahora sintiéndose un inocente muchacho, se hallaba fascinado por escuchar la voz de la jovencita que desde hace muchísimos años frecuentaba sus sueños. No podía creer que le hablara directamente a él.
— Yo no, mi Princesa. Sé que a muchos de mis hermanos les motiva blandir una espada, disparar una ballesta o combatir ferozmente. Les entiendo, la adrenalina del momento puede llegar a ser adictiva, pero yo no lucho por placer. — Al escuchar eso, Tanto el capitán como el Rey no quitaron ni un segundo la mirada de aquel extraño soldado. La Princesa al igual que su madre tenía los ojos bien abiertos, atentas a la siguiente palabra del muchacho —. La fuerza que me ayuda a sostener mi espada es… El amor que siento… por usted Princesa. —Las mejillas de la Princesa se tornaron rosa —. Por el Rey y la Reina, por mi pueblo, por nuestro reino.
El joven soldado mantenía su mirada perdida en los ojos de la princesa. Durante varios segundos dejo de sentir vergüenza y nervios. Después de tantos años, pudo decirle a la princesa, de alguna forma, lo que sentía por ella. La muchacha respondía firme a la mirada del soldado, como si mantuvieran un tipo extraño de conexión. Hasta que el Rey interrumpió.
— Creo que tenía razón sobre ti —Dijo el Rey —. Tu corazón es grande, con más como tú podríamos lograr grandes cosas. Y entre una de esas cosas, me gustaría también acabar con el conflicto con los vecinos reinos. A tu edad apenas empecé en la academia militar, también fui hábil, pero tú, sin duda me has superado. — El Rey retomo su imagen feliz al reír como lo solía hacer, escandalosamente.
El Rey conto parte de sus anécdotas en la escuela militar. El capitán, sus inicios como alto rango. La Reina el como conoció al Rey, y junto a este, relataron el cómo se enamoraron. Durante toda la tarde el soldado y la Princesa intercambiaron miradas un par de veces. Conversaron y comieron hasta caer el sol. A la hora de marcharse el Rey le concedió al joven soldado una semana libre de sus labores. Al salir del castillo en muchacho volteo la cabeza para contemplar una vez más a la Princesa, esta le veía fijamente, a los pies de las escaleras que subían a las habitaciones de la familia real. El muchacho había llamado su atención.
Paso una semana, el muchacho no conseguía sacar de su cabeza el rostro de la Princesa viéndole. Tenía que conseguir alguna forma de volver a verle, una sola vez basto para hacerle adicto a su presencia, el aroma que desprendía, la luz que emanaba. Le escribiría una carta.
— ¡Capitán! ¡Señor! — Saludo el joven soldado a su superior dentro de su despacho.
— Buenas tardes. ¿Qué haces por aquí? Deberías estar preparándote para tu guardia.
— Sí señor. Quería, por favor, pedirle antes de irme que hiciera llegar esta carta a la Princesa. Por favor.
El capitán recibió la carta extrañeza —. Está bien, la enviare mañana con un mensajero.
— ¿Mañana? Pero, debería leerla hoy…
— ¿Es tan importante soldado?
— Si, bueno… yo, quería que la recibiera hoy.
— Podría llevarla yo mismo, pero aun así la leería mañana, hoy tiene un compromiso y debo asignarle escoltas. Si eso es todo por favor alístese para partir a su guardia.
— Si señor, disculpe señor, Muchas gracias señor. — El soldado se marchó desilusionado. Fue a su barracón, recogió su equipo y se marchó a los establos, donde esperarían la caravana que le llevaría a su guardia a las afuera de las granjas del reino.
Mientras esperaba, conversando con sus compañeros asignados a la guardia, observo al capitán, llegar al patio de prácticas a varios metros. Frente a un grupo de guardias reales. Corrió para tratar de escuchar lo que diría desde lejos; El capitán asigno a cuatro de los hombres para custodiar a la Princesa, quien había sido invitada a la fiesta de una de sus amistades en la zona entre los dos principales distritos. El joven camino hasta el capitán y solicito que le devolviera su carta, alegando que se había dado cuenta de varios errores escritos en ella. El capitán la tenía junto a los documentos que llevaba con él, la llevaría directo al castillo pues debía entregar reportes allí. El soldado había maquinado un nuevo plan, entregarle la carta en persona a la princesa. Solicitaría el turno de media noche, así podría encontrar la fiesta a la que asistiría la Princesa y entregar su carta en persona.
Al llegar al punto de control, solicito el Tercer turno de guardia, fingió no sentirse muy bien en esos momentos como para cumplir con su labor, así que lo permitieron. Cuando empezó la primera guardia nocturna, se colocó una larga túnica sobre su armadura correspondiente, tomo un caballo, y convenciendo a un par de guardias, se marchó a la ciudad a “comprar algo de comer para ellos”.
Varios minutos a caballo después, llego a la ciudad. Camino toda la zona en busca de la supuesta fiesta. En ese momento, agradeció que la familia real no fuera tan estricta en ciertas ocasiones, la princesa tenía amistades fuera del castillo y la zona alta del reino, se le permitía asistir sola a reuniones y eventos, con previo consentimiento de sus padres y la protección de sus guardias. Estos últimos eran a quienes el joven soldado buscaba, sabía que, donde estuvieran los guardias reales, estaría la Princesa.
Era de noche, una pequeña muchedumbre llamo su atención, rodeaban todos una especie de salón taberna, al acercarse escucho entre tantos de los alaridos que allí adentro estaba la princesa. Sus piernas empezaron a temblar y su corazón a latir con fuerza. Ese era el lugar pero, ¿Cómo entraría? Por lo que pudo observar todos los presentes dentro de la fiesta usaban ropa elegante y el a duras penas y tenía una túnica sobre su atuendo de soldado.
Se abrió paso entre la multitud hasta llegar a la puerta. Y pregunto a los guardias —. ¿Disculpe, aquí venden licor o vino?
— Si, pero en estos momentos hay una fiesta privada, no podemos permitirle pasar.
El muchacho tomo sus documentos e identificación — Hermano, yo también soy soldado, mira. Termino mi turno hace una hora y este ha sido mi local favorito, ¿no crees que podrías dejarme entrar? De verdad necesito un trago.
Los guardias intercambiaron miradas, las normas lo impedían pero ellos sabían bien lo bien que se sentía una cerveza después del trabajo. Le dejaron pasar, con la condición de que no interfiriera.
Dentro del local se respiraba el aire festivo de adolecentes divirtiéndose, vino a su mente el recuerdo de su último cumpleaños celebrado en casa de sus padres. Caminó hacia la barra y pidió un vaso de jugo, le gustaba el sabor del alcohol, apenas y toleraba el vino. Algunos miembros de la fiesta le veían extrañados, hasta que saco el brazo de su túnica y poso la mano en su cintura, descubriendo así parte de su equipo de soldado, todos le ignoraron después, suponían que era parte de los escoltas de la Princesa.
Un grupo de jóvenes, quizás de su misma edad, tocaban música festiva, los muchachos bailaban, todos reían y charlaban, pero en ninguna parte parecía estar su razón de estar ahí.
— Es raro encontrar a un soldado de tu edad en un lugar como este —Escucho una voz familiar a sus espaldas. Volteo, era la Princesa, con un largo vestido color salmón sin los adornos ni la complejidad de su vestido tradicional que usaba en el castillo. Le había visto desde el pequeño balcón dentro del gran salón, a él, a aquel soldado que le hizo pensar tanto aquel día en el castillo, a aquel soldado con sus mismos ideales, la única persona que, sin saber nada de ella, dijo casi textualmente lo que pensaba.
El soldado estaba nervioso, sus ojos se abrieron lo más que pudieron, su boca se encogió —. Prin-Princesa. ¿Qué hace usted aquí? —El soldado apenas podía controlar su respiración. El corazón estaba a punto de salir de su pecho.
— Es la fiesta de mi mejor amiga, ¿Qué hace usted aquí? —La princesa miraba constantemente a los ojos del soldado, desafiante.
— Yo… Yo solo vine a verle, digo, una carta, yo le traje una carta, a usted, mi Princesa.
— No entiendo por qué tantos nervios, eres un soldado ¿No? Deberías estar acostumbrado a ver cuerpos mutilados, cortar cabezas, y esas cosas. Soy solo una muchacha poco más joven que tú.
— Usted es la Princesa. Cualquiera se pondría nervioso en su presencia, mi Princesa.
— No veo a nadie aquí que este nervioso, tal vez porque los conozco desde hace mucho, o porque no les importa que sea una figura importante, al fin y al cabo, también soy una joven chica de este reino.
— Tiene razón mi Princesa, me disculpo mi Princesa.
— Basta de formalidades, por favor, estoy cansada de que me traten como a mis padres, quisiera una vida normal, pacifica, lejos de los deberes y modales de formar parte de la realeza.
— Lo entiendo, yo a veces querría una vida tranquila, lejos de los deberes de ser un soldado, pero… Mi corazón funciona por mi sueño.
— Me gusto escuchar tu sueño aquel día. Pienso igual. Pero, basta de sentimentalismos por hoy, es una fiesta ¿No? ¿Sabes bailar?
— Yo, no sé si deba mi Princesa. Por cierto, ¿Dónde están sus escoltas?
— En el perímetro, inspeccionaron todo el lugar y a todos los presentes antes de que siquiera yo llegara, vamos, está bien, YO te autorizo a bailar, es una orden directa.
La Princesa extendió ambos brazos esperando respuesta del Soldado, este se hallaba demasiado nervioso como para tan siquiera coordinar un paso tras otro en un baile. La Princesa se cansó de esperar, tomo sus manos y lo llevo al centro del establecimiento a bailar. El muchacho torpemente le seguía los pasos a la Princesa, apenas y bailaba cuando se divertían en los barracones o en descansos en los puntos de control. Nunca había bailado con una mujer. Giraban y saltaba al ritmo de la música. El resto de invitados le veían extrañados, “¿La Princesa bailando con un escolta?”. El tiempo parecía ir cada vez más y más lento, las luces de las lámparas brillaban con más fuerza y el sonido de la banda se perdía en la lejanía. Solo estaban, la Princesa, radiante, hermosa, impecable, moviendo su castaño cabello, sujetando su vestido con una mano y sujetando al soldado con la otra. El muchacho estaba viviendo un sueño.
Afuera del establecimiento, parte de las personas que trataban de ver lo que ocurría dentro, se sorprendieron al ver a la Princesa bailar con un soldado. Uno de los guardias que custodiaban la entrada interrumpió, pidió al soldado que se fuera, la Princesa dijo que le había invitado, que era un viejo amigo. El muchacho nunca se había sentido tan maravillado.
Cuando no pudieron más, se sentaron a beber jugo y a charlar, la Princesa presento al soldado a sus amistades, los cuales se hallaban maravillados con las cosas que había hecho en combate. “hacía tiempo que tenías esa expresión en tu rostro” comentaban las otras chicas a la Princesa.
Hora de irse. Los invitados empezaban a marcharse, la banda había dejado de tocar y el soldado seguía perdido en los ojos de la Princesa, ella hablaba y el escuchaba. Los amigos de la princesa contaban historias, y el solo veía a la Princesa. Siempre que le peguntaban algo sobre su labor como soldado, respondía rápidamente para seguir haciendo lo que hacía, mirar a la princesa. Tan cerca, tan natural, tan suya esa noche.
— Debo irme, fue un placer verte una vez más. —Se despidió la Princesa. Un guardia a sus espaldas le ayudo a levantarse de su asiento y bajaron del balcón dentro de aquel local.
El soldado permaneció callado, viendo cómo se alejaba, parecía irreal todo lo que había vivido esa noche y, antes de que la princesa saliera por la puerta junto al guardia y una amiga, el soldado recordó el motivo por el cual había ido, la carta. Se puso de pie y salió corriendo.
— ¡Princesa! Lo había olvidado, aquí está la carta que quería entregarle. Adiós, fue un verdadero placer haber compartido con usted una vez más. —La Princesa recibió con cuidado la carta, pocos eran quienes le enviaban una, y mucho menos quienes le entregaban una en persona. Con una sonrisa pícara la Princesa dejo el establecimiento, subió a su carroza y se marchó. El soldado no podía pensar en nada, estaba en blanco. La cortina de humo en su cabeza se disipo rápidamente al salir del edificio y darse cuenta de que faltaba poco para el amanecer. Había faltado a su guardia. El miedo se apodero de su cuerpo. Salió corriendo al establo donde había dejado su caballo, pensaba en alguna excusa convincente, nada llegaba a su cabeza.
Al llegar de nuevo a su puesto de vigilancia ya empezaba a salir el sol. Fue recibido por soldados que, de inmediato, reportaron su falta, iba a ser castigado.
Fue recibido en el cuartel general por el Capitán de la guardia, decepcionado del muchacho. Menciono que le caía bien hasta ese día, no lo vio de otra forma que no fuera aprovecharse de la estima que le tenían, le había fallado al capitán. Este pudo haber dejado pasar aquel desafortunado, pues el muchacho siempre fue respetuoso y responsable, pero no podía consentir a ningún hombre, todos debían ser tratados por igual. Una semana en el calabozo.
Los siete días que el joven soldado estuvo encerrado no hacía más que pensar en la noche que estuvo con la Princesa, sentía que, en cierta forma, había valido la pena. Las horas se hicieron días. El muchacho no veía la hora de salir del calabozo.
— Espero que esto no se repita, tienes potencial, no lo desperdicies. —Dijo el Capitán junto a dos de sus hombres, dejando salir al muchacho.
— No volverá a ocurrir señor, lo prometo señor.
— Toma, recibiste una carta al tercer día de haber empezado tu castigo, ábrela cuando estés en tu barracón. — El joven soldado se marchó, contemplando aquel extraño sobre, podía imaginar quien sería el remitente, pero no quería ilusionarse.
Al llegar a su barracón, se dio un baño, busco ropa limpia y se acostó en su cama a leer la misteriosa carta. Era de la Princesa. La joven doncella agradecía aquella noche en la que él le había hecho sentir una chica normal. Expresaba que jamás se había divertido tanto y que le gustaría volver a repetirlo algún día. Por su labor como soldado sería difícil, pero en algún momento coincidirían nuevamente. La carta estaba firmada por la Princesa.
El muchacho tomo la carta, la acerco a su nariz y respiro profundamente. Este era el comienzo de algo que él, hasta ese momento, solo había Soñado.
EL SUEÑO DE LA PRINCESA
Las cartas eran el medio por el cual el soldado y la Princesa se comunicaban casi todos los días. Meses habían pasado desde que compartieron una noche juntos en aquella fiesta, y ahora, esperaban con ansias la llegada del mensajero con la carta que les haría sentir que estaban juntos de nuevo.
En un par de ocasiones, el soldado y la princesa habían estado juntos. Desfiles, exhibiciones, paseos de la familia real, desde la distancia intercambiaban cortas miradas llenas de un naciente romance. El amor del soldado por la princesa era incondicional, sincero. En cuanto a ella, empezaba a sentir cosas por el muchacho mayor que ella.
Un día importante llego. El capitán escogería a los nuevos integrantes de la guardia real. El joven soldado había trabajado muy duro para formar parte de esta importante elite, lo conseguiría sin duda, aun así, la Princesa había dado su recomendación al Capitán de la guardia real. Sus antecedentes eran impecables -obviando un pequeño castigo preventivo, su única falta en siete años-. Y sus habilidades casi perfectas. Se le dio la oportunidad, sería un Guardia de la familia real. Custodiaría el castillo, y protegería al Rey y la Reina en todo momento, pero, la Princesa no pensaba que fuera suficiente, por lo que, moviendo los hilos que podía, hizo que lo asignaran como uno de sus guardias personales. Podrían estar juntos cada vez que ella quisiera.
-Los soldados de más alto nivel, los guardias de la familia real, a diferencia de los demás soldados, usaban poca protección. Un yelmo que se asemejaba a la cabeza de un águila. Una hombrera de hierro ligera del lado derecho, y una igual del lado izquierdo solo que de ella descendían tres largas tiras de cuero color rojo que juntos formaban el escudo del reino. Protección de hierro en los antebrazos. Peto ligero de láminas fina de hierro. Y botas de cuero con pequeñas chapas. Esta era la forma en la que vestían los soldados para demostrar lo bien preparados que estaban luchar.-
Por primera vez en casi un año, podrían estar juntos. Las cartas seguían siendo la forma perfecta de comunicarse sin llamar la atención ni levantar sospechas, pero ellos sentían que ya no bastaban las palabras. La Princesa planeo un paseo por su jardín privado, solía hablar mucho con sus guardias y protectores, la familia real mantenía una buena amistad con todos ellos.
— Caminare un rato por aquí, ustedes dos ¿podrían vigilar el perímetro?, yo quisiera hablar un rato con “el nuevo”. — Los soldados acataron la orden, y con los ojos entre cerrados y miradas rápidas, la princesa guio al joven soldado a su lugar favorito del jardín, un sitio bastante “privado”, un árbol alto rodeado de grandes arbustos.
La Princesa poso su mano en el árbol, dándole la espalda al muchacho, sabía que nadie podía verles ahí, giro la cabeza para contemplar al soldado de las cartas, este permanecía de pie, firme con la mirada en frente, en posición para cuidar de la Princesa.
— ¿Puedes venir un momento? Rompe tu formación, nadie puede verte — Dijo la princesa.
— ¿Esta segura?
— Por supuesto. —El soldado bajo la mirada, directo a los ojos de la princesa, ella no lo sabía, pues él tenía su yelmo puesto. Dio pasos nerviosos hacia la Princesa y una vez en frente, ella le hablo una vez más —. Quítate el yelmo. Quisiera verte de nuevo. —El soldado atendió, lo retiro de su cabeza y lo mantuvo bajo su brazo. Se veía en sus ojos que estaba asustado, una gota de sudor se deslizo nerviosa por su frente.
— Hola —saludo la Princesa al rostro del soldado que había conquistado su corazón.
— Hola —Respondió el muchacho a quien se había adueñado del suyo desde que era un niño. La Princesa se inclinó leventemente hacia él. El soldado no pudo contenerse más. Soltó su yelmo y antes de que pudiera caer al suelo los dos muchachos cumplieron con una de las promesas que se hicieron hace muchísimas cartas. Se besaron por primera vez. Ese día cambio sus vidas, ese día se prometieron amor eterno, ese día fue el que estuvieron esperando durante mucho tiempo.
Dos años después. Una fría noche, a pocos días de haberse celebrado el gran banquete anual de agradecimiento al reino.
— ¿¡Dónde está la princesa!? — Exclamo aterrado uno de los guardias al no ver a la doncella junto al guardia que le acompañaba.
— ¿Está bien Princesa? —Pregunto el agitado y agotado soldado, extendió la mano a los arbustos. La Princesa la tomo y se levantó —. Disculpe por haberla empujado, solo intentaba alejarla de los atacantes.
— Descuide, entiendo. ¡Tú brazo! —Rápidamente, la Princesa tocio y corrijo sus palabras —. ¡Su brazo, está sangrando! — Señalo al brazo izquierdo del soldado. Efectivamente, la herida que le hizo el primer atacante le había atravesado la armadura del antebrazo y cortado.
— No pasa nada, estaré bien. Soldados, busquen alrededor. Necesitamos patrullar la zona, no creo que sean los únicos enemigos por aquí, seguramente asesinaron a los otros hombres que nos acompañaban, hacían guardia a nuestro alrededor. Acompañare a la Princesa al castillo e iré con un doctor… — La Princesa, la asustada muchacha, se echó a correr en dirección al castillo. Los guardias no pudieron detenerla con palabras, por lo que dos de ellos la siguieron corriendo. El joven soldado solo la observo irse, sabía que no podía hacer nada.
A los pocos minutos llegaron más soldados, preguntando por la conmoción y minutos después, retiraron los cuerpos de los atacantes. El soldado se sentía abrumado, observo el daño que hizo al arbusto al empujar a la princesa y entre sus ramas, un trozo de tela, se había rasgado un poco del vestido de la Princesa. Retiro la armadura de su antebrazo, inspecciono su herida, solo un corte, sanaría rápido, tomo la pequeña botella de agua que llevaba en su cinturón, lavo su herida y el trozo de tela que había quedado en el arbusto, con este hizo precio sobre su herida usándolo como una venda, no tenía fuerzas de moverse, sentía remordimiento y malestar por lo que había pasado.
Envaino su espada, tomo su yelmo y camino un poco en solitario en el jardín. Las alertas estaban encendidas, buscaban más atacantes en el perímetro. El soldado camino hasta aquel pequeño puente sobre un arroyo en los jardines en donde solía pararse al hacer guardia algunas noches, pues desde ahí tenía una excelente vista al balcón de la habitación de la princesa. Reposos sus brazos sobre el barandal y agacho la cabeza. Respiro profundamente y levanto la mirada. Esperaba recibir de vuelta la mirada de la princesa desde allí, pero en su lugar, sintió un hormigueo en su espalda, sudor frio recorrió su frente, pues diviso como una especie de figura, oscura y espectral se acercaba al balcón de la Princesa. Una figura transparente, negra, similar al humo de la paja seca quemarse, no tenía sentido, que podría ser aquello. Por un segundo sospecho que sería humo de fuego cerca del castillo, pero no había ningún tipo de señal de que así fuera. Dejo sus sospechas y teorías de lado cuando pudo ver como esa extraña entidad tomaba forma, se arremolinaba en un punto y entraba a la habitación de la princesa. Se colocó el yelmo y se echó a correr hacia el castillo.
Sus piernas se estiraban cuán lejos podían, Su armadura jamás se había sentido tan ligera. Atravesó las puertas del castillo golpeándola con su hombro. Todos en el salón se asustaron – El Rey, la Reina y los guardias con quienes conversaban-.
— ¡ALGO ENTRO A LA HABITACION DE LA PRINCESA POR SU VENTANA!
Grito el soldado con todas sus fuerzas. Sin esperar ningún tipo de respuestas corrió a las escaleras. Los guardias miraron al Rey, tomaron sus armas y siguieron al soldado, la Reina solo pudo permanecer aterrada, no sabía qué hacer. El Rey tomo, por primera vez en años, Su larga espada, colgaba tras su trono como trofeo de sus glorias en el ejército. Siguió a los guardias a la habitación de la Princesa.
El joven soldado tomo su espada mientras saltaba de dos en dos los escalones que llevaban al pasillo, de ahí, intento ubicar la habitación de la Princesa, aquella puerta al final del pasillo. Los guardias le habían alcanzado. Corrió tan fuerte como pudo y de una patada derribo la puerta de la habitación, en un intento por llamar la atención de lo quien sea que había entrado por la ventana. En la academia militar le habían enseñado a combatir contra todo tipo de enemigos, le habían enseñado cómo reaccionar ante cualquier situación. Pero nadie en su vida, siquiera le había hecho imaginar cómo debía reaccionar ante la presencia en esa habitación. Quedo paralizado frente a la puerta, la sorpresa le hizo soltar su espada, el chocar del metal contra la roca del suelo resonó por todo el castillo. Los demás guardias llegaron y petrificados, fueron empujados por un recién llegado Rey que, al igual que todos los demás, abrió sus ojos cuan grandes eran, y lentamente se preparaba para gritar.
La Princesa yacía sobre su cama, inmóvil, parecía una muñeca de porcelana. Y a sus pies, lo que a duras penas se describiría como una mujer. Un ser esbelto, se extendía hasta el techo de la habitación y ahí, encogía lo que parecía ser su espalda, Brazos delgados casi esqueléticos que terminaban en largas garras. Donde parecía estar su cabeza colgaba, al igual que en todo su harapiento y marginado ser, mellones de cabello. Jamás se había visto algo así, aquello emanaba una pesada energía, mal estar, miedo. Y en un chillido, separo su cuerpo -si es que a aquello se le podía llamar cuerpo- del suelo, giro en el aire y se abalanzó sobre todos los testigos.
— ¡NOOOOO! —El soldado desgarro su garganta. La misteriosa criatura los arrastro con fuerza lejos de la habitación. Los guardias cayeron al suelo golpeándose entre sí. El soldado se levantó tan rápido como pudo para tratar de abrir la puerta de nuevo, no podía, estaba totalmente cerrada. Por más que pateo y golpeo, no lo consiguió.
— ¡SEÑOR! ¡SE LLEVO AL REY! —El grito desesperado de uno de los guardias distrajo la atención del soldado. Volteo y miro a sus compañeros guardias tratando de reincorporarse, se levantaban con dificultad. El soldado no tenía su espada, pero a sus pies estaba aquella que siempre contemplo al visitar el castillo, la espada larga que se encontraba sobre el trono del Rey. La sujeto y sabía quién podría abrir la puerta, y haría que aquel diabólico ser se lo diría.
Rodeo a sus compañeros, espada en ambas manos, y fuego en su corazón. Bajo las escaleras y lo que vio en el salón central del castillo parecía una horrible pintura hecha por alguna especie de maniático. Guardias ensangrentados desperdigados por todas partes, las vísceras colgaban de los candelabros, La corona de la Reina, en el suelo, cubierta de una sustancia negra. Y el Rey, o lo que quedaba de él, colgaba de los fauces de aquel espectral ser.
El soldado sujeto aquella espada con fuerza, y salto a atacar. En un chillido la monstruosidad hizo retumbar todo el castillo, el reino entero lo escucho. El joven, confundido, sacudiendo su cabeza, seguía corriendo con su espada apuntando a lo que parecía ser el pecho del monstruo. Pero algo le sujeto del pie, tirándolo al suelo. Una especie de sombra viviente, diabólica, que salía del suelo. El soldado intento liberarse de él pateando, hasta que con la espada cortó lo que debía ser su cabeza. Se levantó una vez más y al levantar la mirada, y frente a él, estaba el espectral y demoniaco monstruo, encorvado, viéndole directo a los ojos.
— Tu… —El sepulcral y gutural sonido de la voz de esa criatura resonaba con eco en el salón del castillo —. Tu… ¡TU! ¿Por qué? Tu no ansias mi regalo. ¿Por qué no deseas mi bendición? ¡LA BENDICION DE MIS HERMANAS!
— Pagaras… ¡PAGARAS POR LO QUE HAZ HECHO! —Grito desconsolado el soldado, como pudo agito su espada tratando de golpear a la criatura, pero fue en vano, la criatura recibió el filo de la espada con una rara extremidad que salió de sus espaldas.
— Puedo ver en tu interior… —Agregó el insólito ser —. Tu fuerza no nace en la codicia, no nace en tu cabeza… No… Tú eres distinto. Puedo sentirlo, puedo ver a muchos como tú, aquí y ahora, solo ustedes serán perdonados. Solo ustedes podrán marcharse…
Del suelo empezaron a emerger criaturas extrañas, demonios, no había como nombrarlos ni describirlos más allá de “sombras vivientes”. El obscuro y diabólico ser, el líder de estos demonios arrebato la espada del soldado, y con una inmedible fuerza de aire, lo empujo a las puertas del castillo —. ¡OBSERVA! El castigo divino. Contempla, la caída del reino de los usurpadores. ¡LADRONES! —gritaba el ser mientras se abrían las puertas del castillo y enseñaba el panorama. El reino había caído, Destrucción, muerte y sufrimiento en cada rincón. Las extrañas criaturas atacaban a todo lo que se moviera. Eran pocos los ciudadanos ignorados que aprovechaban a correr horrorizados. Y el soldado, tratando de levantarse del suelo, contemplando impotente como el fuego lo consumía todo a su paso iluminando la noche.
Si aquella criatura era capaz de comunicarse con él, entonces podría responderle. Volteo aterrado la cabeza, miro directamente a la criatura que, en un abrir y cerrar de ojos salto a su lado. Con miedo a escuchar algún tipo de respuesta, pregunto — ¿Dónde está la Princesa? ¿Qué ocurrió con ella?
La enorme criatura tomo su tiempo para proferir algún tipo de respuesta —. Duerme… Fue su voluntad… me dio el poder de… recuperar lo que fue nuestro…
— Significa que, ¿esta con vida? —La voz del soldado se quebraba.
— Ella acordó la condición… No… le pasara… nada… puedes irte… en paz…
— ¿Cuándo despertara? —El soldado gimoteaba. Mientras se escuchaba el grito y llanto de miles de personas, el rugir de aquellas monstruosidades y el sonido del fuego.
— Algún día...
El soldado no podía pensar en nada, solo en la Princesa. No podía cambiar nada, solo ver a la Princesa. No podía imaginar nada, solo a la Princesa. No podía moverse, solo pensaba en una cosa —. ¿Qué eres? ¿Por qué has hecho esto? —El soldado lloraba.
— Se en lo que estás pensando… ni tu espada… ni ningún arma… podrá abatirme… —El soldado permanecía enmudecido, controlando el llanto —. Puedes irte… pero… sé que no… no quieres eso… Que… te parece… ¿Un deseo?...
— Quiero verla, quiero que despierte. Estar juntos.
— No puedo hacer eso… ella… no quiere eso…
— ¿Cuándo despertara?
— Pronto…
— ¿¡Cuándo VA A DESPERTAR!?
El grito del Soldado por un momento opaco el sonido del desastre en la ciudad. Se quitó el yelmo con furia lo sacudió contra el suelo. En sus ojos había furia.
— No te marcharas… lo sé... pero ella despertara... cuando lo desee…
— Quiero protegerla… le prometí que lo haría —El soldado se desplomo sobre sus rodillas y empezó a llorar una vez más —. Falle. Le falle. Te amo mucho —Dijo el muchacho abrazando su yelmo.
— Esto era... inevitable… aun puedes cumplir… tu promesa… sigue en pie.
— La cuidare. Yo la protegeré. Cuidare de ella, hasta que despierte, y… y estaré ahí. Estaremos juntos de nuevo. Yo…
— SOLO… una condición… —interrumpió la criatura —. Ella… despertara cuando deba hacerlo… no antes… Su puerta permanecerá cerrada… solo ella podrá abrirla.
— Acepto… —Respondió el soldado sin siquiera pensarlo. A su lado cayó la espada del Rey, la criatura la había soltado. Y antes de desaparecer, le dijo al joven.
— Eres libre… de ir a donde quieras… cuando quieras…
El soldado se colocó su yelmo. Tomo la espada larga del Rey y la apoyo sobre su hombro. Un fuerte sismo sacudió el reino, Casas afectadas por el fuego se vinieron abajo, partes del castillo también. Al terminar, el soldado recobro el equilibrio y subió las escaleras con pasos pesados y lentos. Al llegar arriba, observo que la pared que separaba el salón privado -antes del corredor que daba a las habitaciones- con la terraza del castillo, había caído. Se acercó al poco a poco. Lo que hace tiempo fue una vista gloriosa de un reino rico y próspero, ahora era un terrible panorama de dolor y sufrimiento, muchos edificios caídos, fuego en todas partes, cadáveres, demonios. Por alguna razón ese era el destino del reino. Esto, según palabras de la criatura, era inevitable.
Dio media vuelta y se encamino al pasillo. En el 3 puertas, una habitación que le contaron permanecía vacía, en remodelación, luego la habitación de los que una vez fueron el Rey y la Reina de Is-sac. Y al final, la habitación de su amada, la habitación de la Princesa. Camino hacia ella, la toco levemente con sus dedos, respiro profundo y cito la última línea de mucha de sus cartas antes de ser el incondicional amante de la hermosa joven.
— Nos veremos pronto, Mi Princesa.
Se puso firme, giro sobre su pierna, y empezó su guardia, como protector de aquella puerta de madera oscura, tras la cual estaba el amor de su vida, dormida, esperando a despertar algún día.

Aquí si se goza
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